Las Mercedes de día y Altamira de noche

(Caracas) Todos los días que camino por Las Mercedes me encuentro con la amigable presencia del señor José Antonio. José Antonio González es mejor conocido como Colono o como el mendigo de Las Mercedes. Él vive ahí de día y en Altamira de noche. Me suele saludar a lo lejos con su hermosa sonrisa. Me pregunta siempre por mi madre, por el trabajo, por la universidad y por mi perra. Mi perra ya murió hace dos años y nunca he tenido el valor de decírselo.
Llevo tres días buscándolo para tomarle unas fotos, hasta que por fin lo veo. Esta sentadito viendo a todo el mundo caminar. Compro un café, un chocolate y me le acerco. Empezamos a hablar y el señor José Antonio me empieza a contar de su vida y de su soledad. Su madre murió cuando él tenía apenas 12 años y nunca conoció a su padre. Tres hermanos quedaron huérfanos y sin familia. Cecilia, la madre, se convirtió a testigo de Jehová, cosa que no le gustó mucho al resto de la familia. Todos se alejaron para más nunca hablarse y para nunca dignarse a cuidar a tres niños sin hogar. Ya viviendo en las calles, murió el hermano menor de José. Quedaron sólo dos hermanos, juntos para defenderse del mundo, pero esto no ocurrió así. Los hermanos se separaron y no se volvieron a ver. Pero José siempre supo de él. Resulta que a Juan le fue muy bien en esta vida; logró ir al colegio y a la universidad, se casó y tuvo un hijo, que trabaja en Las Mercedes. Hace un par de meses el sobrino de José Antonio llegó a su trabajo y lo vio a lo lejos. Lo llamó para darle la noticia: José ¿tú sabes que Juan ha muerto? Estuvo enfermo mucho tiempo. Cáncer.
Claro está que el señor José Antonio no fue al colegio. Sabe leer pero no escribir. Le digo que yo le puedo enseñar cuando quiera. Me dice que no. Que si no aprendió de chiquito, ya no hay más remedio. Igual a él solo le interesa leer. Cierto, lo veo todos los días periódico en mano. Le pregunto si quiere un trabajo y un ingreso fijo. Se ríe y me dice que nada que ver: el dinero funciona de una forma muy rara, tu ves, te ata, pero te libera. Ay, cómo el dinero te resuelve la vida. Yo sí quisiera dinero y una casita para no pasar tanto trabajo acá en la calle. Pero es que a mí al final, me gusta. Es donde me siento feliz.
¿Y dígame que es lo que le da más felicidad de la calle? Pues las mujeres. Las veo siempre. Subiendo, bajando. Mujeres por todos lados (risas y más risas). La gente además está como contenta siempre, apurados eso sí, pero contentos todos.
Recuerdo una anécdota de una amiga estudiante de medicina. Me contaba que una vez tuvo que atender a un mendigo. Tenía el ojo infectado, tan infectado que había gusanos. Un buen samaritano lo vio con el ojo putrefacto y lo trajo al hospital, pero ahí no pudieron hacer mucho por el por falta de insumos. La historia de siempre, una historia en la que ahora no ahondaremos mucho.
Pero José Antonio me dice que él nunca ha tenido que ir al hospital. Hace poco tuvo una gripe fastidiosa, pero se curó solita. Yo creo que no. Tiene una tos bien fea. Me dice que él es sano, lo más sano que puede. Fumaba antes pero ya no, ni aguardiente, ni drogas. Nada de eso.
Espero que algún día, si algo le pasa al señor José Antonio, alguien venga a ayudarlo. Pero él me repite una y otra vez que siempre ha estado solo en esta vida. Se crio solo y se cuidó él solo. Que nunca ha tenido apoyo ni familia.
Mientras hablamos vemos la gente pasar. Casi todos lo saludan, le traen dulces, comida. Es el consentido de Las Mercedes. Los que no lo saludan, nos ven mal al pasar, y yo sin entender qué carajos le pasa a esa gente que nos mira así de feo.
A diferencia de casi todos los ciudadanos de esta temible ciudad, La ciudad Gótica de Latinoamérica, el señor José Antonio sólo le ha visto la cara al luto y no a la delincuencia. Nunca, nunca le han hecho daño, ni robado, ni golpeado, ni nada. No se ha dado por enterado de los temibles casos de mata-mendigos que han azotado esta ciudad capital en los últimos 10 años. No se siente vulnerable en las calles. Se siente respetado y valorado por las personas que lo rodean. Y me lo dice con esa sonrisa tan de él.
Me he quedado sin batería y sólo le he tomado 6 fotos. Maldigo mi desorden un rato, y él me responde que no importa. Que él está siempre por ahí, que cualquier día le puedo tomar fotos.
Le veo la cara envuelta en mugre, sus cuatro dreads desordenados en la barba. Me da la mano y la siento carrasposa y dura. Me impresiona esa capacidad de alejarse de la higiene personal. Recuerdo a mi madre contándome la historia de Primo Levi, sus anécdotas en el campo de concentración. Había un señor que a pesar de todas las adversidades encontraba la forma de lavar su ropa todos los días. Lavaba su ropa a mano y se quedaba desnudo en el frío esperando a que se secara. Levi un día le pregunta que por qué, por qué la obstinada necesidad de lavar la ropa todos los malditos días. El señor con la seriedad más solemne le responde que los nazis sólo quieren verlo convertido en un animal, y él no les va a dar ese placer. Me pareció que tenía todo el sentido del mundo.
Lo curioso es que yo ni cercanamente siento que el señor José Antonio y su sonrisa sea nada menos que humano. Curioso, como todo se deriva de la fuerza de nuestras decisiones y de la magia que se desprende de ellas.
Una señora viene y le da un café. El señor José Antonio le da las gracias y me lo ofrece a mí. Compartimos el café y yo me fumo un cigarro. Al final me pregunta si estamos listos. Le digo que depende, ¿tiene algo más que decir? Bueno sí, yo le quiero dar un mensaje a los muchachos jóvenes. Les quiero decir que sean buenos. Que se porten bien. El mundo es duro, muy duro, pero la única forma de ser feliz es portándose bien. Ese va a ser el mejor consejo que les van a dar en toda la vida.
Texto y fotografía: Gaby Mesones Rojo
@unamujerdecente
Otro artículo mio publicado hace un tiempo en revista Ovnibus, una de las mejores revistas de latinoamérica :)
Albert y Steve en #caracas (Taken with instagram)
(Source: lauinwonderland)
Una ciudad en paralelo

Como las buenas historias, todo empezó con una pelea de almohadas. Una tarde de julio de 2008 a las 3:33 p.m., un grupo de caraqueños, aburrido de los cines y centros comerciales, se concentró en la Plaza Brión de Chacaíto en Caracas para caerse a almohadazos. Ahí, entre risas, gritos y miradas incrédulas de los transeúntes, nació Ser Urbano, un colectivo que busca convertir a la ciudad más violenta de Latinoamérica en un parque de juegos.
Ser Urbano está conformado por un grupo de jóvenes (más jóvenes y no tan jóvenes) que organiza eventos lúdicos en espacios públicos de la ciudad. Batallas de burbujas frente a museos, picnics en medio de la calle y competencias de ula ula son sólo algunas de las actividades que este colectivo ha organizado para impulsar la vida pública caraqueña. Y es que mientras la inseguridad hace que muchos se encierren en sus casas, estos optimistas se sientan a compartir y a jugar en el medio de una plaza con la firme convicción de estar salvando algo.
Los eventos son sencillos y no requieren de mucha producción, sólo hace falta correr la voz (para lo que las redes sociales han sido de mucha ayuda) y esperar que sea la hora acordada; entonces, con una puntualidad muy poco venezolana, aparece el más heterogéneo grupo de personas, que sin ninguna conexión aparente, se entienden y se disfrutan.
En otros países este tipo de iniciativas se conocen como el Urban Playground Movement. En todo el mundo –desde Argentina hasta Singapur— grupos independientes organizan guerras de burbujas y almohadas, con el único fin de hacerse con el espacio público. De hecho, recientemente se celebró el Pillow Fight Day (Día de la pelea de almohadas) a escala mundial, que este año contó con la participación de más de 130 ciudades del mundo. “A través de Ser Urbano hacemos cosas que no son tan raras en otras ciudades, pero aquí sí son muy raras. Lo ideal para nosotros es que ese fuera el pan de cada día o la ciudad de cada día”, dijo José Orozco, uno de los fundadores del movimiento, quien durante el picnic de la Buena Vida Pública, realizado el pasado martes 28 de abril, nos contó cómo ha sido la experiencia de tomar la calle para jugar.

OV: ¿Qué es Ser Urbano?
JO: En primer lugar, hay que aclarar que esto no es una opción de entretenimiento, que en vez de ir al cine te vienes para acá, sino que somos un grupo que busca crear cierto sentido comunitario. Aquí el objetivo es vivir la plaza y la calle de una manera protagónica. Muchos caraqueños no saben que pueden hacer un picnic con un montón de comida, gente desconocida, y además vestirse formal, pero se puede. Caracas no es una ciudad fácil, pero hay que entender que cada uno crea su propio entorno. Es por eso que nosotros ―a través de Ser Urbano― hemos creado una ciudad en paralelo que existe cuando creas una dinámica de grupo. En ese sentido estamos tratando de desarrollar un poco de conciencia. La gente tiene que adueñarse del espacio y asumir la ciudad en rol protagónico. No hay que esperar que la alcaldía ponga la plaza bonita, organice un festival o un mercado, para hacer algo, porque entonces la protagonista es la alcaldía y nosotros simples espectadores.
OV: ¿Han tenido problemas con las autoridades al momento de hacer una convocatoria?
JO: Sí, es tanta la ignorancia sobre el espacio público ―y la falta de conocimiento de la policía― que pueden llegar a decirnos a los “adultos” que no podemos jugar. Es absurdo, y realmente no tiene una razón. Sólo les parece que el que un adulto se desprenda, deje la rigidez, corra, se moje y grite, está fuera de lo normal y por eso está mal. Lo cierto es que sólo está mal porque estás violando una regla social, no legal. Todos están de acuerdo con la idea de que tenemos un niño adentro. A ese niño le gusta jugar y no le hace daño a nadie. Entonces, ¿te lo van a prohibir por qué?
OV: ¿Cada vez que organizan un evento tienen que pedir un permiso en la alcaldía?
JO: Al principio pedíamos permiso, pero nos dimos cuenta que no es efectivo. Las alcaldías hacen que ese proceso sea más complicado de lo necesario, así que la política, desde hace tiempo, es no pedir permiso. Sin duda la alcaldía tiene la responsabilidad de crear y preservar espacios públicos, pero la vida la hacemos nosotros.
OV: Las plazas son uno de los lugares favoritos para realizar los eventos, ¿por qué?
JO: La plaza es una metáfora para la ciudad y la sociedad. Aquí cabemos todos. Si bien la sociedad afuera sigue siendo injusta, en este espacio tiene el mismo derecho el ejecutivo que vive a una cuadra, como el indigente que duerme a una cuadra. Somos iguales, por lo menos, en la plaza. Si ya se te ocurre esa idea, empiezas a relacionar el espacio público con otros temas.
OV: ¿Cuál ha sido el mayor obstáculo de Ser Urbano?
JO: Uno de los grandes obstáculos es que la gente tiene miedo, bien sea porque les han pasado cosas a ellos o a sus seres queridos, y no salen mucho a la calle. Es comprensible, pero hay que vencerlo, porque el miedo hace que nos llenemos de precauciones excesivas y vayamos dejando la calle cada vez más sola, y eso sólo beneficia al malandro*. Cuando te encierras, capaz estás más seguro, pero cuando sales, esa calle que tú abandonaste ya está más insegura precisamente porque la dejaste sola. A nosotros nos parece muy lógico que en vez de encerrarnos, recuperemos la calle de la inseguridad. Si hacemos más picnics, habrá menos atracos.
OV: ¿Qué espacios han recuperado a lo largo de estos tres años?
JO: No creo que hayamos recuperado nada, porque recuperar implica que tuviste algo en un momento. En todo caso hemos logrado crear un espacio de vida pública. El espacio físico grato es importante, pero la ciudad y el espacio público es realmente algo intangible, porque es lo que hace la gente. Ser ciudadano no es sólo votar, uno vota cada 5 o 6 años, pero cada día sales a la calle. En cierta forma aquí hay una idealización, porque nosotros creemos en otra ciudad que no existe.
OV: ¿Qué espera Ser Urbano de los caraqueños?
JO: Nosotros creemos que cuando la gente viene para acá con suficiente frecuencia va formándose como un ciudadano distinto. Alguien que en el día a día se comporta de otra manera, que ve y vive la ciudad de una forma más amable. Ya es hora de que la gente se de cuenta que la ciudad depende de ellos, y que los necesita.
Jennifer Da Silva
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Artículo públicado originalmente en la mejor revista cultural de latinoamerica, Ovnibus
Fotografías cortesía de Ser Urbano.
Es que es demasiado bello ver a la ciudad llena de arte.
(Source: neko-cart)

